La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna: un viaje para salvar vidas


Apremiados por la petición desde América, la expedición se preparó en un tiempo récord de solo siete meses a pesar de que las decisiones fueron muchas: la ruta, el personal, el presupuesto, el cargamento necesario, e incluso el método para transportar la vacuna en un viaje tan largo, tedioso y peligroso. En la imagen, la corbeta María Pita zarpando del puerto de La Coruña (1803). Grabado de Francisco Pérez (BNE)


A comienzos del siglo XIX, la viruela era una de las enfermedades más temidas del planeta. Solo en Europa se cobraba cientos de miles de vidas cada año y dejaba a los supervivientes con marcas imborrables en el rostro y en la memoria. En ese escenario sombrío, España emprendió una de las misiones sanitarias más ambiciosas de la historia: la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806).

El origen de la expedición

En 1796, el médico inglés Edward Jenner ideó un método para inmunizar contra la viruela utilizando el virus de la viruela vacuna. La noticia no tardó en llegar a España y encendió el interés de la Corona, que veía en ella una oportunidad única para proteger a millones de personas en sus extensos territorios de ultramar.

Fue Francisco Javier de Balmis, médico de cámara del rey Carlos IV, quien propuso un plan audaz: llevar la vacuna a América y Filipinas. Pero había un desafío enorme: ¿cómo mantener vivo el virus durante semanas o meses de navegación sin que perdiera su eficacia?

Un viaje con héroes invisibles

La solución fue tan ingeniosa como conmovedora: veintidós niños huérfanos, bajo el cuidado de la rectora Isabel Zendal Gómez, transportarían la vacuna “de brazo a brazo”. Cada cierto tiempo, la linfa de un niño recién inoculado se transferiría a otro, manteniendo así activo el virus durante todo el viaje.

El 30 de noviembre de 1803, la corbeta María Pita zarpó del puerto de A Coruña. A bordo viajaban Balmis, el médico José Salvany —que lideraría una rama hacia el sur de América—, cirujanos, practicantes y los pequeños portadores de la esperanza.

Dos rutas, un mismo objetivo

Al llegar a América, la expedición se dividió en dos caminos:

Ruta de Balmis: Venezuela, Cuba, México y Filipinas, con escalas que lo llevarían incluso hasta Macao y Cantón.

Ruta de Salvany: Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Bolivia, un itinerario marcado por climas extremos, altitudes asfixiantes y enfermedades que acabarían minando la salud del propio Salvany.

En cada puerto, formaban a médicos y practicantes locales, creaban juntas de vacunación y enseñaban cómo producir la linfa en el propio territorio, asegurando que la misión tuviera continuidad.

Un legado que salvó millones de vidas

Cuando Balmis regresó a España en 1806, la expedición había sembrado una red de vacunación que perduraría durante décadas. Fue, en muchos sentidos, la primera misión humanitaria de salud a escala global: ciencia, logística y filantropía navegando juntas para combatir una plaga mortal.

Hoy, su historia sigue recordándonos que el conocimiento científico, cuando se une al compromiso humano, puede cruzar océanos y cambiar el destino de generaciones enteras.

Los protagonistas:

Francisco Javier de Balmis

Nacido en Alicante en 1753, Francisco Javier de Balmis creció entre el Mediterráneo y la disciplina de la cirugía militar. Sus primeros años como médico le llevaron a servir en campañas en América, donde aprendió a enfrentarse a enfermedades tropicales y a valorar el poder de la medicina como herramienta para salvar vidas.

Cuando conoció la vacuna de Jenner, vio en ella la oportunidad de frenar una de las plagas más terribles de su tiempo. Convenció al rey Carlos IV para organizar la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna y la dirigió con visión y tenacidad. Su ruta lo llevó desde América hasta Filipinas, Macao y Cantón, estableciendo juntas de vacunación que garantizaron la continuidad del tratamiento.

Edward Jenner elogió su labor como “un ejemplo de filantropía tan noble como extenso”, y su nombre sigue ligado a la historia de la medicina y la cooperación internacional.

José Salvany

José Salvany y Lleopart, natural de Barcelona, era joven y decidido cuando se unió a la expedición como segundo al mando. Lideró la ruta más dura: la del sur de América. Cruzó cordilleras, navegó ríos y atravesó climas extremos, siempre con la prioridad de vacunar y formar personal local.

Su salud se deterioró con cada etapa, pero continuó hasta el final. Falleció en Cochabamba, Bolivia, en 1810, víctima de las enfermedades y del desgaste acumulado. Su sacrificio convirtió su nombre en sinónimo de entrega y compromiso.

Isabel Zendal

Gallega nacida en 1773, Isabel Zendal era rectora de la Casa de Expósitos de A Coruña cuando fue reclutada para la expedición. Su misión era cuidar de los 22 niños que transportaban la vacuna viva, incluyendo a su propio hijo. Durante la travesía, se ocupó de su alimentación, higiene, salud y bienestar emocional, protegiéndolos de los rigores del viaje.

Isabel Zendal fue la única mujer que participó oficialmente en la misión y es considerada la primera enfermera en una expedición internacional de salud pública. Su labor silenciosa fue indispensable para el éxito de la gesta.

Fuentes consultadas:
- Archivo General de Indias.
- Museo de la Medicina de Madrid.
- Reseñas históricas de la Organización Mundial de la Salud.
- Wikipedia.

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