En los últimos días de enero de 1910, el Sena se convirtió en el gran protagonista —y enemigo— de la vida parisina. Tras semanas de lluvias persistentes y el deshielo invernal en la cuenca del río, el caudal creció sin control. El 28 de enero, el nivel en el puente de Austerlitz alcanzó los 8,62 metros, una cifra récord que transformó calles, plazas y estaciones en un improvisado archipiélago urbano.
Las imágenes conservadas por la Bibliothèque historique de la Ville de Paris (BHVP) son testigos de aquel momento extraordinario: barcas navegando donde antes circulaban tranvías, vecinos cruzando pasarelas de madera y fachadas cuyos bajos habían desaparecido bajo un manto marrón y silencioso.
La ciudad paralizada
Los barrios ribereños fueron los primeros en sucumbir. El Marais, la Île Saint-Louis, el Quai de la Rapée y parte del distrito XV vieron sus sótanos y comercios anegados. El metro, orgullo tecnológico de la capital, quedó inutilizado en varias líneas por filtraciones masivas. La Gare d’Orsay, recién inaugurada hacía poco más de una década, parecía una estación fluvial: las vías se hundían bajo aguas tranquilas en las que flotaban maderas y cajas.
En las zonas más bajas, la vida cotidiana se reorganizó sobre plataformas elevadas y embarcaciones improvisadas. La ciudad de la luz, famosa por sus bulevares, se convirtió en un silencioso laberinto acuático.
Resistencia y solidaridad
La respuesta ciudadana fue inmediata. Militares, bomberos y voluntarios se turnaban para distribuir alimentos y evacuar a los afectados. Los carteros, fieles a su deber, entregaban cartas en barca. Algunos cafés reabrieron sus puertas en plantas superiores para dar un respiro a los vecinos atrapados.
Aunque el agua se retiró lentamente en febrero, las secuelas económicas fueron severas: fábricas cerradas, mercancías arruinadas y miles de viviendas dañadas. El desastre, sin embargo, impulsó mejoras urbanas. Se reforzaron diques, se revisó la red de alcantarillado y se diseñaron protocolos de actuación que servirían de referencia en futuras crecidas.
Un recuerdo persistente
Más de cien años después, la gran inundación de 1910 sigue presente en la memoria parisina. No solo como una catástrofe natural, sino como un ejemplo de resiliencia colectiva. Las fotografías de la BHVP, con su luz invernal y sus escenas insólitas, nos invitan a reflexionar sobre la fragilidad de las ciudades frente a la naturaleza… y sobre la capacidad de sus habitantes para adaptarse y resistir.
Fuentes consultadas:
Prensa parisina de enero-febrero de 1910, archivos municipales y datos hidrológicos del Sena.
Bibliothèque historique de la Ville de Paris (BHVP).
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